Philosophica: Enciclopedia filosófica on line — Voz: Ética (2022)

Ética

Autor: Ángel Rodríguez Luño

Índice

1. La ética filosófica

2. La experiencia moral como punto de partida de la ética filosófica

3. Planteamientos fundamentales de la ética

4. Ética personal y ética política

5. Temas de la ética filosófica

5.1. La epistemología moral

5.2. La antropología moral

5.3. Los principios normativos

6. Bibliografía

La ética es el estudio filosófico de la conducta humana. La voz ética aparece ya en el título de los tres tratados morales del corpus aristotélico (Ética a Nicómaco, Ética a Eudemo y Gran ética). Procede del vocablo ēthos que significa carácter, modo de ser, que se deriva a su vez de éthos, que se traduce por hábito, costumbre [Aristóteles, Ética a Nicómaco, II, 1: 1103 a 17-18]. Estas aclaraciones etimológicas permiten entender que el carácter o modo de ser al que se alude no es el temperamento o la constitución psicobiológica que se tiene por nacimiento, sino la forma de ser que se adquiere a lo largo de la vida, y que está emparentada con el hábito, que es bueno (virtud) o malo (vicio). La traducción latina de éthos es mos (costumbre), de donde deriva la palabra castellana moral, tradicionalmente empleada como sinónimo de ética. Por eso a la ética filosófica se la llama también filosofía moral.

Se puede alcanzar una comprensión inicial de la naturaleza y tareas de la ética mediante la consideración de tres conceptos de importancia capital: bien, libertad y conducta. En la Grecia clásica, la reflexión ético-filosófica tuvo como punto de partida la constatación de que el hombre aspira al bien, y de que esa aspiración es el motor de toda su actividad. Así Aristóteles inicia su Ética a Nicómaco poniendo de manifiesto que acción y bien son términos correlativos: «Toda arte y toda investigación, y del mismo modo toda acción y elección, parecen tender a algún bien; por esto se ha dicho con razón que el bien es aquello a que todas las cosas tienden» [Aristóteles, Ética a Nicómaco, I, 1: 1094 a 1-3]. No hay acción ni deseo humanos que no miren a un bien, y sólo se puede hablar de bien en sentido práctico si se trata de un bien realizable a través de la acción. Ningún hombre cuerdo actúa para hacerse miserable o desgraciado. Pero como a la vez es indudable que los hombres realizan a veces acciones de las que después se arrepienten, es más exacto decir que la acción y el deseo humanos miran siempre a un bien o a algo que parece un bien. Surge así la distinción entre el bien verdadero y el bien aparente, entre lo que en verdad es un bien y lo que parece ser un bien sin serlo en realidad, porque más tarde se comprueba que es un mal.

La posibilidad del error en la realización de la aspiración humana hacia el bien pone de manifiesto que, a diferencia de lo que sucede con otros seres vivos, no hay un instinto natural e impersonal que acomode de modo automático y generalmente infalible las acciones del hombre a los objetivos que le convienen. El hombre es libre. Por eso es el hombre mismo quien tiene que ajustar personalmente sus acciones, prefijándose sus fines y proyectando el modo de realizarlos. La realidad que los términos “ética” y “moral” significan directamente es este gobierno personal de las acciones, como se ve en el uso común del lenguaje: de quien renuncia a proyectar personalmente su conducta, abandonándose al vaivén de las emociones o al curso de los acontecimientos, decimos que está “desmoralizado”. Cabe decir por ello que la ética o moral estudia el modo específico de autogobierno de la libertad humana. Lo moral (en sentido genérico, comprensivo de lo bueno y lo malo) y lo libre tienen exactamente la misma extensión. Todas las acciones libres, y sólo ellas, son morales; todas las acciones morales, y sólo ellas, son libres. Todo lo que el hombre libremente es y todo lo que deliberada y libremente hace, queda dentro del campo moral. El hecho de que lo que libremente se realiza sea un comportamiento privado, interpersonal o político no introduce ninguna diferencia sustancial al respecto. Y la razón es la que se ha indicado antes: todo lo que en el comportamiento humano no es determinado por el instinto o por algún tipo de necesidad causal, ha de ser proyectado por la razón práctica y querido por la voluntad personal, y esto es exactamente lo mismo que ser gobernado moralmente. Manifestaría una notable incomprensión del punto de vista ético, por ejemplo, quien, refiriéndose a su vida privada, quisiera excusarse diciendo: “en mi casa soy libre de obrar como me parece”. La moral concierne a la persona humana precisamente porque ella es libre de obrar como le parece. Quien se excusa de esa manera está diciendo, en realidad, que es psicológicamente posible evadir las exigencias de lo razonable, lo que evidentemente es verdad. Pero para la ética lo decisivo es que en el mismo instante en que la persona humana decide apartarse de lo razonable, esa decisión suya merece desaprobación, lo que muestra que su capacidad psicológica de “obrar como le parece”, lejos de ponerla fuera del ámbito de la moral, es precisamente lo que la incluye en él. La responsabilidad moral está inseparablemente unida a la capacidad personal de gobernar el propio comportamiento: el hombre puede y tiene que “responder” (dar razón) sólo de las acciones que ha elegido y proyectado él mismo.

El concepto de conducta contiene algunos aspectos que la idea de libertad no explicita suficientemente, sobre todo si esta última fuese entendida como simple libertad de coacción (como poder hacer lo que se desea hacer, sin que nadie ni nada lo impida). Se habla de conducta porque las acciones libres —aun siendo muchas, realizadas a lo largo del tiempo y en circunstancias muy diversas— constituyen una forma de ser compleja, pero biográficamente unitaria y dotada de sentido. Las acciones libres dan lugar a un estilo de vida, a una personalidad moral. La libertad no es sólo la fuente de un conjunto de acciones aisladas, porque mediante sus acciones el hombre “se conduce a sí mismo” hacia la forma de ser que libremente quiere darse.

En términos generales parece claro que el bien que constituye el punto de referencia fundamental del autogobierno de la libertad es el bien de la conducta, de algún modo el bien de la vida entera, de la forma de ser que el hombre se da a sí mismo mediante sus acciones, y no el bien que se refiere a la eficacia en la consecución de objetivos particulares, como puede ser la comprensión de las matemáticas o la fabricación de zapatos. El bien y el mal que interesan a la ética son aquéllos que hacen bueno o malo al hombre en cuanto hombre, en sentido absoluto y sin restricciones, y no bajo un determinado aspecto o en un cierto sentido, por ejemplo como matemático o zapatero o incluso como ladrón (en el sentido de experto, hábil, etc.). La injusticia o la hipocresía, por ejemplo, hacen malo al hombre en cuanto hombre. Un hombre hipócrita o deshonesto podría ser sin embargo un estupendo matemático o saber fabricar óptimos zapatos. Colocándose dentro de una perspectiva global, la ética pretende lograr un esclarecimiento fundamental del problema del bien con una finalidad práctica: ayudar a distinguir entre lo que para la vida humana es en verdad bueno y lo que lo es sólo aparentemente, entre la virtud y el vicio. Es lo que dijo Aristóteles cuando, comparando la ética con otros tratados filosóficos escritos por él mismo, como la metafísica, afirmó que la ética es un tratado «no teórico como los otros (pues no investigamos para saber qué es la virtud, sino para ser buenos, ya que en otro caso sería totalmente inútil), y por eso tenemos que considerar lo relativo a las acciones, y al modo de realizarlas: son ellas, en efecto, las que determinan la calidad de los hábitos» [Aristóteles, Ética a Nicómaco, II, 2: 1103 b 26-31]. Dado que se trata de esclarecer el bien que es objeto de la propia aspiración, la ética no se ve como una imposición extraña al propio ser y a los propios deseos de plenitud.

La ética, como estudio filosófico de la conducta, presupone la conducta. La vida moral es lo primero; la reflexión filosófica sobre ella viene después. Esto significa que el objeto de la ética, así como la necesidad de estudiarlo, no es puesto por otro saber, con el que la ética debiera enlazarse deductivamente o, en todo caso, especulativamente. El problema moral se plantea originariamente por sí solo o, mejor, surge porque el hombre es un ser moral, y lo es antes de ser un estudioso de ética o de cualquier otra disciplina filosófica. La ética goza por tanto de un punto de partida propio y específico, que se puede llamar experiencia moral.

La experiencia moral de los hombres y de los pueblos comprende ideas y juicios morales, costumbres, instituciones, leyes, sanciones, etc. Pero lo que constituye el núcleo de la experiencia moral, que se presenta a cada hombre como un dato de hecho de gran importancia para la posterior reflexión ética, es el ejercicio directo de la razón práctica. Con esta expresión se alude aquí a la actividad espontánea, no reflexiva, por la que cada persona gobierna sus acciones para que sean buenas. Es una actividad de la inteligencia que no consiste sólo en conocer, sino principalmente en ordenar, proyectar y organizar las acciones, la conducta y la vida. Esta actividad espontánea, que todos realizan, es después objeto de reflexión, sea de la reflexión que origina el conocimiento y las ideas éticas del hombre común, sea de la reflexión crítica y sistemática propia del filósofo, que da lugar a la ética filosófica, y que se propone sacar a la luz, explicitar y exponer sistemáticamente la lógica práctica implícita en el gobierno de sí mismo.

Cuando el filósofo fija su atención en la “moral vivida” para explicitar e iluminar su estructura y contenidos mediante la reflexión crítica, ha de poner extremo cuidado para no olvidar, en el paso al nivel reflexivo propio de la filosofía, ninguna de las condiciones específicas del ejercicio directo de la razón práctica, incluso en el caso de que algunas de esas condiciones no fuesen igualmente importantes para el ejercicio filosófico de la razón moral. Así, por ejemplo, Aristóteles señaló que el recto ejercicio directo de la razón práctica requiere la educación y el equilibrio de las tendencias humanas, porque la razón práctica parte siempre del deseo de un fin [Aristóteles, Ética a Nicómaco, VI, 5: 1140 b 11-12; Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 58, aa. 4-5]. Desde un punto de vista abstracto, parece existir un círculo vicioso entre la razón práctica y el equilibrio afectivo, puesto que cada elemento presupone el otro. Pero, en el plano real de la “moral vivida”, ese aparente círculo se supera por el hecho de que la persona crece y se educa intelectual y afectivamente en el seno de grupos sociales (familia, comunidad política, comunidad religiosa, etc.) que tienen su propio ethos.

La reflexión filosófica no podrá olvidar por tanto que la lógica para el gobierno de sí mismo no es elaborada por cada persona a partir de la nada. Tiene unos presupuestos naturales específicos, los primeros principios prácticos y las tendencias que constituyen el dinamismo profundo de la psique. Tiene además unos presupuestos experienciales, en cuanto que la comprensión de las verdades éticas no se alcanza por la sola razón independientemente de las formas de la experiencia y de las relaciones prácticas, como si se tratase de teoremas matemáticos. Y tiene en tercer lugar unos presupuestos histórico-sociales. Desde un punto de vista genético, el ethos del grupo es anterior al ethos de la persona singular. En cada tipo de sociedad (Estado, familia, clan, comunidad religiosa) existen fines y costumbres compartidas, leyes, fiestas que exaltan acontecimientos o personajes del pasado importantes para la identidad del grupo, símbolos significativos a los que se tributa respeto, etc. La personalidad moral del individuo se va constituyendo en un contexto ético determinado, que será siempre un punto de referencia, aunque en la medida en que la persona madura puede distanciarse críticamente, de modo parcial o incluso total, del ethos social en que ha sido educada.

El ethos del grupo social está sometido a una cierta evolución, que normalmente no tiene un carácter de ruptura, ya que responde más bien al hecho de que el cambio de las circunstancias y condiciones de vida muestra que determinados fines compartidos por todos (justicia, igualdad, etc.) admiten o requieren ahora una forma diferente de realización concreta. Por otra parte, diversas sociedades pueden concebir de modo diverso la mejor realización de esos fines, o pueden considerar como dignos de realización fines diferentes e incluso opuestos. En la sociedad actual, vistosamente caracterizada por el pluralismo racial, cultural, religioso, etc., así como por el predominio del sentido de la autonomía personal sobre la fidelidad a las propias raíces sociales, culturales, éticas, etc., es fácil encontrarse ante modos de gobernar la propia vida (“modos de conducirse”) diversos e incluso parcialmente opuestos entre sí, tanto desde el punto de vista estructural como desde el punto de vista de los contenidos.

No cabe duda de que estos fenómenos complican las fases iniciales de la reflexión ética. Sin embargo debe notarse que el pluralismo de formas de vida no significa que éstas renuncien a la pretensión de ser razonables. Cada forma de vida responde a una “lógica”, y por ello cada forma de vida puede ser, en línea de principio, objeto de explicitación, de investigación y de juicio racional. El pluralismo no se opone a la comunicación. Pluralismo no significa aislamiento o solipsismo. La ética puede realizar una comparación dialéctica entre las diversas “lógicas” para el gobierno de la vida: puede analizar sus puntos comunes y sus divergencias; puede advertir la superioridad parcial o total de unas sobre otras, en cuanto que unas pueden dar razón de los puntos comunes y de las divergencias de modo cumplido, mientras que otras no hacen más que encerrarse en el propio punto de vista sin llegar a arrojar luz sobre las razones o sinrazones de las demás y, en definitiva, sobre importantes dimensiones de la vida humana.

Estas consideraciones permiten advertir que las relaciones de la experiencia moral con la reflexión ética son bastante complejas. La reflexión filosófica tiene la misión de comprender y fundamentar contenidos de la experiencia moral, así como la de esclarecer, purificar, precisar y desarrollar los criterios de juicio y las motivaciones presentes en la “moral vivida”. Aunque el conocimiento moral prefilosófico contiene muchas veces indicaciones éticas de alcance y precisión admirables, también es verdad que está sujeto a condicionamientos históricos, sociales, educativos, ideológicos y filosóficos (determinadas concepciones del hombre y del mundo) que pueden deformar sus contenidos y su sentido mismo, y en casos límite hasta su mismo darse, aunque el significado genuino de la experiencia moral nunca desaparece por completo.

Ya en el nivel del conocimiento prefilosófico es posible registrar diversos modos de interpretar la propia existencia moral. Existen personas que ven en la moral el significado pleno y positivo que desean realizar con la propia vida: todos sus días y todas sus tareas tienen valor; ninguna de ellas es un trámite odioso. Otras, en cambio, entienden su vida moral desde un punto de vista de la obligación. Su preocupación es hacer lo mandado y evitar lo prohibido, considerando como “libre” el amplio ámbito de su vida que no es cubierto por las normas preceptivas o prohibitivas. Para los que tienen esta mentalidad, la libertad empieza donde termina la ley, por lo que entienden la moral como un límite de la libertad (todo lo necesario o conveniente que se quiera), y no como su inseparable autogobierno. Existen también quienes ven la moral como un difícil equilibrio entre potentes fuerzas psicológicas y sociales, cuyo funcionamiento ha de ser bien entendido si se aspira a no sucumbir ante ellas. Estos y otros posibles modos de entender la vida moral pueden dar lugar, cuando se pasa al nivel propio de la reflexión filosófica, a diversos planteamientos básicos de la ética.

A lo largo de la historia del pensamiento ético se ha dado una gran variedad de propuestas para la interpretación y elaboración filosófica de la experiencia moral. En esa multiplicidad de soluciones confluyen dos órdenes de problemas. Por una parte, la concepción filosófica general (realista, empirista, analítica, idealista, fenomenológica, historicista, etc.) desde la que el filósofo afronta el estudio del fenómeno moral. Por otra, la concepción que se tiene de la vida moral y de la finalidad del saber filosófico que reflexiona sobre ella.

Si nos limitamos al estudio del problema constituido por la pluralidad de visiones de la vida moral y del saber ético, resulta muy útil el concepto de “figura de ética” [Abbà 1996: 9-203]. Una figura de ética es un modo de entender cuál es el objeto principal de la investigación ética o, si se prefiere, una idea acerca de la pregunta fundamental a la que la ética debería dar una respuesta filosófica. De lo que se considera objeto principal del saber ético depende el tipo de conocimiento y el grado de certeza que se busca, el método que se sigue en la investigación, la estructura que se da al saber alcanzado y el modo en que se relacionan entre sí los conceptos éticos más importantes, etc. Se exponen a continuación cinco concepciones de la ética que tienen en la actualidad gran importancia.

1) La ética como investigación acerca del tipo de vida que es mejor para el hombre. Es el planteamiento común a la casi totalidad de los filósofos griegos y, con algunas transformaciones, también entre los filósofos medievales (San Agustín, Santo Tomás de Aquino). A partir del siglo XIV fue progresivamente abandonado, y sólo en la segunda mitad del siglo XX ha sido retomado con profundidad. Es el planteamiento básico de una buena parte de lo que hoy día se llama ética de la virtud o ética de las virtudes. El problema sobre el que se concentra la investigación moral es el de la determinación desde un punto de vista práctico del bien de la vida humana considerada en su totalidad o, con la terminología clásica, del fin último o del bien supremo del hombre, concebido como un modo de vivir cuyos principios de índole intelectual, afectivo-disposicional, electiva y ejecutiva son las virtudes, sobre las que se fundamentan las normas que regulan las acciones.

Se considera tarea fundamental de la ética plantear explícitamente y tratar de resolver un problema que en el plano de la “moral vivida” con mucha frecuencia se resuelve de modo implícito y no suficientemente reflexivo. Y así puede suceder que se lleve un estilo de vida que con el paso de los años se demuestra un error completo al que ya no resulta posible poner remedio. La ética elaborada en la Grecia clásica reflexionó sobre estas experiencias de insatisfacción, y consideró que su principal misión consistía en evitar a los hombres estos fracasos globales o, diciéndolo positivamente, en orientar la libre determinación de los objetivos y prioridades con el fin de proyectar y vivir una vida llena de valor de la que no haya que arrepentirse más tarde. Para ello la ética trata de llevar al hombre hasta un nivel de reflexión que le permita elevarse por encima de las necesidades y circunstancias inmediatas, para indagar de modo reflexivo y bien razonado acerca del bien de la vida humana vista en su conjunto. Se trata por tanto de afrontar explícitamente y de modo reflexivo lo que para los filósofos griegos era el problema de la felicidad, preguntándose: ¿qué es razonable desear como bien último querido por sí mismo, y en vista del cual ordenar todo lo demás? ¿cuál es el verdadero bien de la vida humana considerada como un todo? ¿qué es la felicidad? ¿qué tipo de persona es justo ser y qué tipo de vida es justo vivir? Una vez que se ha logrado distinguir entre lo que es el bien verdadero para la entera vida humana y lo que lo es sólo aparentemente, es posible saber lo que es preciso revisar o modificar para realizar día tras día una conducta buena. Sólo en el marco de una reflexión sobre la vida humana considerada como un todo se puede comprender con exactitud el concepto clásico de fin último, felicidad o bien supremo del hombre. Estos términos designan simplemente el bien de la vida humana considerada en su totalidad, que la ética toma como punto de referencia fundamental para ordenar la conducta.

2) La ética como indagación acerca de la ley moral que ha de ser observada. La atención de este tipo de ética se centra no sobre el bien de la vida humana, sino sobre el bien o el mal de la acción singular, que se discierne comparándola con lo que la ley moral manda o prohíbe. El saber ético gira en torno a dos polos para los que es casi fisiológico contraponerse y limitarse recíprocamente: el polo normativo (la ley, la obligación, el deber) y el polo de la libertad (la conciencia moral, la autonomía personal). Las exigencias morales quedan caracterizadas por su exterioridad y pasividad respecto de la libertad humana y del mismo hombre como sujeto moral: el papel del sujeto consiste únicamente en obedecer. Esta figura de ética nace en el siglo XIV, con J. Duns Escoto y G. de Ockham, en el contexto de serias y complicadas controversias teológicas. Se desarrolla y diversifica al menos en dos direcciones: en el ámbito de la teología moral católica post-tridentina, como moral casuística; en el ámbito de la Ilustración, como ética secularizada de la ley (iusnaturalismo racionalista y ética del deber de Kant).

3) La filosofía moral como búsqueda y fundamentación de las reglas para la convivencia y la colaboración social. Este enfoque, del que Hobbes puede ser considerado su primer representante, nace en circunstancias sociales, políticas y religiosas altamente conflictivas, las cuales, junto con la idea pesimista que se hizo Hobbes de las fuerzas que realmente mueven al hombre, llevan a considerar inoportuna e incluso ilusoria la reflexión acerca del sumo bien, y aconsejan concentrar todos los esfuerzos en el objetivo más modesto, pero también más realista y urgente, de evitar el sumo mal: la violencia, la guerra, la muerte violenta de unos por obra de otros. El fin de la ética es motivar y asegurar la convivencia pacífica y, si es posible, la colaboración positiva de personas que tienen ideales e intereses diversos y a veces contrapuestos. Enseñándoles a convivir, la ética logra mejorar a los hombres, o al menos limitar su egoísmo. En la actualidad este tipo de ética, que ciertamente ha evolucionado mucho, tiene diversas modalidades. Cabe destacar dos líneas de desarrollo: las éticas deontológicas de la justicia sostenidas por J. Rawls y otros filósofos liberales no utilitaristas, y la ética del discurso de J. Habermas y K. O. Apel. Las múltiples variedades de “ética de mínimos”, “ética civil”, etc. son diferentes ediciones del mismo tema. Para estas versiones actuales, la ética es fundamentalmente ética pública; la moralidad privada dependería de opciones o de ideales personales sobre los que la reflexión racional no podría arrojar mucha luz y que, a causa de su pluralidad, no podrían fundamentar una moral universalmente válida. El problema moral consiste, en definitiva, en encontrar un modo de fundamentar las normas necesarias para la convivencia que sea aceptable para un conjunto de individuos cada uno de los cuales está interesado fundamentalmente en defender la libertad de autodefinirse moralmente. Para esta figura de ética lo que “es justo hacer” ha de determinarse antes de saber qué es el bien humano, en el sentido de que las exigencias de justicia en orden a la colaboración social tienen la precedencia y han de ser fundamentadas independientemente de las diversas concepciones del bien que cada uno tenga.

4) La ética como explicación naturalista del comportamiento humano. Hume podría ser su representante clásico más significativo. Aunque entre los intérpretes modernos no existe un acuerdo total acerca del significado último de su proyecto filosófico, ahora basta señalar que Hume pensaba que la totalidad del universo y de la experiencia puede ser explicada con un método semejante al de la física de Newton. Así sería posible investigar la conducta humana sin tener que recurrir a entidades sobrenaturales o a principios trascendentes. No está claro que Hume asuma un punto de vista propiamente normativo; más bien se limita a explicar cómo es y cómo funciona de hecho la naturaleza humana, cuáles son sus pasiones y sus sentimientos, explicación a la que el hombre debe atender para regular su vida personal y social. Muchos estudios modernos que afrontan el análisis de la vida moral desde una concreta visión psicológica (psicoanálisis, etc.) o antropológica adoptan esta óptica.

5) La ética como saber ordenado a la producción de una buena (o de la mejor) situación vital para el individuo o para la colectividad. Esta figura de ética está representada por las diversas doctrinas utilitaristas, con las que están emparentadas las corrientes éticas que hoy llamamos consecuencialismo y proporcionalismo. Contrariamente a lo que acabamos de decir acerca de la tercera figura de ética, para el utilitarismo lo bueno está antes que lo justo: primero se determina qué es el bien, y después será considerado justo lo que en cada caso produce “más cantidad” de bien o “menos cantidad” de mal. El bien que hay que maximizar es el placer entendido, en sentido amplio, como la satisfacción de los propios deseos. Como sucedía en la tercera figura de ética, se concibe al sujeto moral como un simple portador de deseos e intereses. El utilitarismo, en efecto, se basa en la idea de que los hombres se rigen por la lógica consistente en el cálculo del placer y del dolor, o de sus intereses y preferencias, considerando además que es bueno que sea así, porque no existe otro posible fundamento para la moral que la felicidad de los individuos o de la sociedad.

La referencia del utilitarismo a la felicidad podría llevar a pensar que estamos ante un planteamiento de la ética análogo al de la primera figura. En realidad no es así. La única preocupación fundamental de la ética utilitarista son los actos y las normas, no el bien de la vida humana considerada como un todo. El utilitarismo recurre a un concepto genérico y más bien hedonista de felicidad con el propósito de proporcionar un criterio de juicio para las acciones (utilitarismo del acto) o para las normas de conducta (utilitarismo de la norma) cuya observancia produce una mayor suma total de bien o de satisfacción. La diferencia entre las diversas formas actuales de utilitarismo consiste en el modo de entender y de calcular esta mayor suma total de bien o de satisfacción subjetiva. Pero el utilitarismo no tiene interés alguno en alcanzar un concepto normativo del bien humano. La felicidad utilitarista nada tiene que ver con el fin último o felicidad de que se habla en el contexto de la primera figura de ética.

Interesa señalar ahora que entre la primera de las figuras de ética mencionadas y las otras cuatro existe una diferencia fundamental. La primera figura de ética se ocupa principalmente del bien supremo del hombre, es decir, del bien de la vida humana considerada como un todo. El punto de vista en el que este tema se origina y tiene sentido es el del obrar humano visto “desde dentro” del sujeto agente, considerado por tanto en su intrínseco dinamismo intencional. Por eso se dice que en esta primera figura tenemos una ética elaborada desde el punto de vista de la primera persona, desde el punto de vista del sujeto agente, que lleva a conceder prevalente atención, en primer lugar, al deseo del bien humano completo que constituye el horizonte del obrar y el fundamento dinámico de la razón práctica y, en segundo lugar, a las virtudes que son los principios específicos de la razón práctica que garantizan la rectitud de los deseos y de las acciones elegidas. La ética elaborada desde el punto de vista de la primera persona considera que existe y que es racionalmente cognoscible el bien supremo del hombre y, en términos generales, lo que es bueno para el hombre. La moral puede ser elaborada desde el punto de vista de la primera persona porque se admite que el sujeto humano es moralmente competente, es decir, tiene en sí mismo los recursos necesarios y suficientes —tanto desde el punto de vista del conocimiento como desde el de la inclinación— para vivir bien, y las exigencias morales no le resultan por eso exteriores ni impuestas. Quien obra mal, antes que oponerse a una ley, se contradice a sí mismo: contradice su propia identidad.

Las otras cuatro figuras de ética, por diversos y complicados motivos, consideran que debe abandonarse el tema del bien de la vida humana considerada como un todo (el bien supremo), y centran su atención sobre el problema de determinar cuál es la acción correcta (right) o incorrecta (wrong) y después sobre el de determinar y fundamentar las normas para valorar la corrección de las acciones. Estas figuras de ética asumen, aunque de modos diversos, el punto de vista del observador externo o del juez de las acciones ajenas: son éticas elaboradas desde el punto de vista de la tercera persona, que pierden de vista el dinamismo intencional (finalista) propio de la acción moral en cuanto tal. Su planteamiento fundamental es el siguiente: tal persona ha realizado la acción “x”, ¿esa acción es lícita o ilícita, obligatoria o prohibida? La ética de la tercera persona es, tanto desde el punto de vista de la argumentación como desde el de los contenidos, una ética de los actos y de las normas, que juzga las acciones “desde afuera” y con independencia de las formas de la experiencia práctica, por lo que se acaba considerándolas en sentido material, fisicista. El juicio moral expresa el bien o mal de la acción según su correspondencia con la norma en vista de la convivencia, de la colaboración social, etc., y no el valor del tipo de vida que se ha elegido o de los principios reales del obrar. Interesa saber qué es bueno hacer u omitir, pero no qué es bueno desear. Las éticas elaboradas desde el punto de vista de la tercera persona no logran instituir una adecuada relación con las tendencias y deseos humanos, por lo que no están en condiciones de educarlos eficazmente. Lo más que pueden hacer es contenerlos u oprimirlos mediante el sentido del deber, con frecuencia planteado de modo agobiante.

No es posible hacer aquí un estudio comparativo sobre las ventajas y defectos de estas “figuras de ética”. Las éticas elaboradas desde el punto de vista de la tercera persona desembocan en insuperables aporías. También a la ética de las virtudes, tal como se entiende aquí, se le pueden dirigir, y de hecho se le dirigen, importantes objeciones. Teniendo en cuenta los pros y los contras, la ética de las virtudes se adecua mucho mejor a lo que realmente es el funcionamiento de la razón práctica y a la lógica que de hecho inspira la existencia moral humana. Es verdad que proponer una concepción del bien humano global es una tarea ardua para el filósofo. Pero si se considera con atención el problema, se acaba viendo que las éticas de la tercera persona también presuponen una visión del bien humano que la ética se propone como fin, con la desventaja que en este caso se trata de una visión que sólo logra ser operante si se mantiene implícita, ya que si fuese propuesta formalmente, además de tener que afrontar críticas muy difíciles de superar, obligaría a modificar la estructura de todo el planteamiento ético de base.

La vida privada, la vida profesional, económica y política, en cuanto actividades libres, son realidades igualmente morales. Junto a la ética personal, existe también la ética profesional, la ética económica y la ética política. Aquí no es posible examinar cada una de estas partes de la ética pero, a causa de la notable incidencia que las cuestiones ético-políticas tienen hoy día sobre los demás ámbitos de la ética, conviene aclarar cuanto antes cómo se distinguen y cómo se relacionan entre sí la ética personal y la ética política. Si la conducta personal se regula en vista del bien supremo del hombre, surge la pregunta si la ordenación ética de la vida y de las actividades de la sociedad política mira inmediatamente a ese mismo bien o no. Se advierte la importancia de la cuestión si se tiene en cuenta, por una parte, que la ética política regula, entre otras cosas, el uso de la coacción por parte el Estado y, por otra, que el respeto de la libertad, derecho fundamental e inalienable de la persona humana, es una de las características esenciales del Estado justo. De estas dos consideraciones se desprende que el uso del poder coactivo por parte del Estado constituye un problema muy delicado, que se debe resolver de acuerdo con criterios de justicia, de dignidad y de oportunidad rigurosamente establecidos y cuidadosamente aplicados; de lo contrario, se originan grandes males, tanto desde el punto de vista personal como desde el punto de vista político.

Un modo inadecuado de resolver el problema consiste en pensar que la ética política debe ser un calco exacto de la ética personal. Esto significa en la práctica que el Estado debería imponer el respeto de todas las normas de la ética personal, exigiendo todo lo que esta última considera obligatorio y prohibiendo bajo sanción penal todo lo que constituye una culpa moral. No es difícil advertir que una concepción de este tipo lesionaría la libertad de los ciudadanos (y con ella la adecuada constitución de la conciencia moral personal), daría lugar a situaciones de vigilancia y de injerencia estatales insoportables e injustas, además de atribuir al Estado una función de fuente y de juez de la moralidad personal que no le corresponde.

Otra solución inadecuada, actualmente muy extendida, es la que llamaremos “politización de la ética”. Representa el extremo opuesto de la concepción antes descrita, e históricamente surgió como reacción ante ella. El fin principal que se propone esta segunda solución es vencer la intolerancia, es decir, excluir radical y definitivamente el peligro de que las valoraciones éticas se utilicen para justificar la extensión indebida del empleo de la coacción jurídico-política. El medio elegido para lograr ese fin consiste en redefinir el objeto de la ética, afirmando que ésta debe ocuparse solamente de las reglas de justicia estrictamente necesarias para garantizar la vida social. La vida personal (o “privada”) la regularía cada uno de acuerdo a opciones puramente personales, de las que la ética no debería ocuparse. Por motivaciones de orden práctico-social, importantes pero mal entendidas, se comete el error de expulsar de la reflexión filosófica todo lo que se refiere a la verdad sobre el bien humano, que en la práctica se deshace en un conjunto de opciones privadas igualmente válidas, aunque muchas de ellas sean entre sí contradictorias. A causa de los efectos que produce, esta solución acaba volviéndose contra sí misma. El vacío ético resultante genera, en efecto, actitudes y hábitos personales incompatibles con las exigencias mínimas de justicia, de colaboración y de imparcialidad que la “ética pública” considera con razón como universalmente vinculantes. La ausencia de una motivación ética suficiente hace sentir las exigencias de la justicia como una fastidiosa coacción externa, produciéndose por consiguiente conflictos y situaciones de anomía casi irresolubles.

Una solución adecuada del problema debería recorrer un camino bien diverso. Vale la pena considerar con detenimiento una solución clásica que, por varios y complicados motivos, ha pasado casi inadvertida. En las páginas iniciales de su Comentario de la Ética a Nicómaco, Tomás de Aquino considera que el saber moral es una totalidad unitaria y coherente que contiene diversas partes, cada una de las cuales posee una especificidad formal [Tomás de Aquino, Comentario a la Ética a Nicómaco, I, 1, nn. 5-6].

La distinción entre ética personal y ética política se fundamenta en el modo particular en el que la sociedad política es un todo: existen acciones propias del todo político en cuanto tal, que son el resultado de la colaboración de las partes en vista del fin específico de la sociedad política, llamado bien común político, pero los individuos y los grupos que la componen conservan un campo de acciones y de fines propios. La ética personal se ocupa de todas las acciones realizadas por la persona individual en cuanto tal, también de aquéllas que se refieren a la sociedad política (por ejemplo, pagar los impuestos), valorando la congruencia de esas acciones con el bien de la vida personal tomada como un todo o, lo que es lo mismo, valorando su moralidad, que comprende también la virtud de la justicia. La ética política se ocupa, en cambio, de las acciones realizadas por la sociedad política, es decir, la ética política dirige los actos a través de los cuales la sociedad política se da a sí misma una forma y una organización, constitucional, jurídica, fiscal, administrativa, económica, sanitaria, etc., valorando esa estructuración desde el punto de vista del fin propio de la comunidad política en cuanto tal, que es el bien común político. De la congruencia con el bien común político depende la moralidad de la forma que bajo diversos aspectos la sociedad política se da a sí misma.

Sin embargo, las acciones personales también pueden ser objeto de la ética política, pero bajo el punto de vista de su legalidad (y no de su moralidad). Pertenece al recto ordenamiento de la vida colectiva el que los bienes y los comportamientos personales que revisten un interés positivo para el bien común (por ejemplo, la propiedad, la libertad de expresión) sean tutelados y promovidos por el Estado, y que los comportamientos opuestos (el robo, obstaculizar la libre expresión de los demás) sean prohibidos e impedidos. Corresponde a la ética política valorar, en vista del bien común y teniendo presentes todas las circunstancias concretas, cuáles son los bienes que deben ser tutelados y cómo deben ser tutelados, y cuáles son los comportamientos personales éticamente negativos que deben ser impedidos y de qué manera deben ser impedidos (mediante sanciones penales, administrativas, económicas, etc.). En definitiva: la ética política, además de determinar la moralidad o inmoralidad de las acciones de la comunidad política (por ejemplo: la moralidad o inmoralidad de una ley civil, de una actuación del gobierno, etc.), establece también la ilegalidad de aquellos comportamientos personales éticamente negativos que lesionan exigencias fundamentales del bien común político.

A la distinción que acabamos de establecer se podría objetar que la ética es siempre personal, porque trata de las acciones libres, que siempre son acciones de personas, mientras que la sociedad política nunca puede ser sujeto de acciones morales. Y así morales o inmorales serían principalmente la persona o las personas responsables, por ejemplo, de una ley o de un acto administrativo, y sólo de forma análoga, secundaria y derivada la ley o el acto administrativo se podría considerar moral o inmoral.

La distinción formal que aquí se propone no niega que las acciones libres son acciones de una persona o de un grupo de personas. Tampoco niega la culpabilidad personal de quien realiza un acto administrativo inicuo ni la de quienes conscientemente promulgan una ley injusta. Aquí se afirma que lo humano-libre-personal tiene una dimensión operativa política que se distingue formalmente de la dimensión individual, y que identificar plenamente ambas dimensiones sería un error que podría tener un desenlace individualista o colectivista, según que la identidad se realice en favor de lo individual o de lo político. Si un parlamento promulga una ley sobre los impuestos contraria al bien común, los parlamentarios que la votan serán moralmente culpables si advierten la injusticia de la ley que sostienen con su voto; podrían no ser personalmente culpables si la ley no les parece injusta, y sólo el paso del tiempo acaba demostrando que la ley es nociva para el bien común. Pero con independencia de la moralidad personal de los parlamentarios, la ley promulgada tiene autonomía, consistencia y efectos propios mientras está en vigor, que siguen existiendo, por ejemplo, 150 años después de su promulgación, cuando todos los parlamentarios que la votaron han fallecido. Si esa ley es nociva para el bien común, lo es aunque los que la votaron no lo hayan advertido y aunque hayan fallecido ya. Si cambian las circunstancias económicas y sociales, y esa ley sobre los impuestos pasa a ser conveniente para el bien común, la ley pasa a ser justa y no debe cambiarse, con independencia de que en el momento en que se promulgó fuese injusta.

Por otra parte, un órgano legislativo actúa colegialmente y según el principio de representación política, por lo que las leyes no son leyes de los miembros del cuerpo legislativo, sino que son leyes del Estado, y como tales han de ser juzgadas con relación al bien común. A través del parlamento elegido por el sufragio popular es la comunidad política la que se da a sí misma una ley (una forma de ser, de vivir, de organizarse). Esta forma es el objeto de estudio de la ética política.

De la distinción entre la ética personal y la ética política propuesta se siguen las siguientes consecuencias:

1) Un mismo comportamiento no puede poseer una doble moralidad, una para la ética personal y otra para la ética política. No cabe pensar que la mentira o el incumplimiento de la palabra dada sea ilícita para las personas y lícita para los Estados o para sus gobiernos. Según la distinción antes propuesta no puede existir una doble moral, porque nunca un mismo fenómeno puede ser regulado a la vez, y bajo el mismo aspecto, por la ética personal y por la ética política. Cada una de estas partes de la ética tiene un objeto formalmente diverso, es decir, esas dos partes de la ética regulan dimensiones formalmente distintas de lo moral.

2) En el ejercicio de su misión, la ética personal y la ética política mantienen una estrecha relación recíproca. La ética política no podría enjuiciar la moralidad de una ley sobre el consumo de drogas sin tener en cuenta lo que la ética personal dice acerca de tal comportamiento. A su vez, la ética personal no puede determinar concretamente las obligaciones de justicia sin conocer las leyes del Estado a que cada persona pertenece, porque las leyes civiles justas crean una obligación moral para la persona, y además existen comportamientos que son éticamente positivos o negativos sólo en virtud de las disposiciones de la ley civil.

3) En la misma medida en que la sociedad política se ordena al bien de todas las personas que la integran, la ética política depende de la ética personal. Por eso, la ética política nunca podrá considerar buena, desde un punto de vista ético-político, una ley que aprueba una acción personal éticamente negativa y, menos todavía podría admitir una ley civil que prohibiese un comportamiento éticamente obligatorio o que mandase una acción que no puede realizarse sin culpa moral.

4) Para establecer que un comportamiento debe ser penalmente perseguido por el Estado no basta argüir que es éticamente negativo, pues se reconoce universalmente que no todas las culpas morales deben ser objeto de sanciones por parte de la comunidad política; será necesario argumentar que tal comportamiento incide negativamente sobre el bien común, y que del mismo bien común no se desprende ninguna razón que aquí y ahora aconseje la tolerancia. Por la misma razón, del hecho que un comportamiento no sea perseguido penalmente por el Estado no se puede concluir que sea éticamente bueno ni que no sea éticamente malo.

Algunos ejemplos pueden aclarar lo que se está diciendo. Cuando un individuo se plantea si debe pagar total o parcialmente los impuestos, estamos ante un problema de ética personal, que ésta enjuicia teniendo a la vista también lo que disponen las leyes civiles justas; cuando se quiere valorar en cambio si el Estado debe continuar con el actual sistema de impuestos o si, por el contrario, no sería mejor proceder a una reforma fiscal profunda, y en este caso cuáles serían los criterios que habrían de inspirarla, estamos ante un problema típico de la ética política. Son igualmente cuestiones de ética política determinar cómo deben organizarse las diversas instituciones del Estado (gobierno, administración de justicia, órganos legislativos, control de la constitucionalidad de las leyes, etc.) y los servicios públicos: la enseñanza, la asistencia sanitaria, etc.

El planteamiento expuesto exige que la ética política afronte en términos extremadamente concretos, y adecuados a las circunstancias y a la idiosincrasia de cada país, el problema del bien común político, es decir, el problema del deber-ser de la forma y de la organización que la sociedad política se da a sí misma con sus leyes y con los usos sociales generalmente aceptados. Mientras no se llegue a esto, venciendo la tendencia a refugiarse en los principios generales, no se roza ni siquiera el objeto formal específico de la ética política, lo que lleva consigo numerosas consecuencias negativas: los problemas políticos son con facilidad mal planteados y peor resueltos; se pretende sostener soluciones políticas con argumentos propios de la ética personal que sólo en ésta son válidos; prevalecen instancias e intereses que no resistirían a una discusión pública y libre; se hace muy difícil la formación política de los ciudadanos, así como su participación activa y críticamente constructiva en las tareas comunes y, al final, se provoca su alejamiento de todo lo público.

La ética política debe preguntarse, además, en qué modo el bien común político debe expresar el bien último personal (y también el bien común social en sentido amplio: el bien de instituciones sociales diversas del Estado, como la familia, la universidad, etc.). Se trata de entender que ante los hombres se plantea un doble problema: que han de vivir bien, y que han de vivir bien juntos: vivir bien es más importante, vivir bien juntos es más fundamental, porque sólo juntos los hombres pueden vivir y vivir bien, aunque el vivir bien comprende dimensiones que trascienden el vivir juntos, y que por ello no pueden ser obtenidas automáticamente ni coactivamente —sí, en cambio, facilitadas— a través de la recta ordenación de la vida en común.

En estas páginas no es posible ni siquiera aludir a la amplia temática tratada por la ética (justicia, bioética, sexualidad, familia, economía, política, ecología, etc.), así como tampoco explicar los principales conceptos de la ética general (bien, conciencia, norma moral, virtud, acción, intención, culpa, etc.). Cabe sólo mencionar tres áreas temáticas de especial interés y dificultad.

5.1. La epistemología moral

Se trata de la teoría del conocimiento moral. Para enfocar acertadamente esta parte de la ética es importante distinguir y conjugar bien el ejercicio directo y el ejercicio reflejo de la razón práctica, distinción que ya se ha mencionado antes. La actividad directa de la razón práctica, aun con todas sus peculiaridades, es una actividad verdaderamente racional, y por tanto es consciente, cognoscible y, con mayor o menor claridad, siempre conocida por cada persona. La confusión a la que se aludió páginas arriba es posible porque los contenidos de la razón práctica, al pasar del nivel directo al nivel reflexivo, aun permaneciendo idénticos en su sustancia última, adquieren modalidades y presuponen condiciones diversas. Concretamente, puesto que el nivel reflexivo es el más inmediatamente accesible, el riesgo de confusión consiste en atribuir las modalidades propias del nivel reflexivo al nivel del ejercicio directo. A título meramente ilustrativo se ponen algunos ejemplos, sin pretender agotar los problemas que éstos encierran.

En el ejercicio directo, lo que se suele llamar primer principio práctico es la luz fundamental que constituye la razón humana como razón práctica, presupuesta por la percepción de cualquier objeto en cuanto práctico, es decir, en cuanto que se ha de hacer o se ha de evitar. Esta luz primera, poseída por naturaleza y no por libre elección del individuo, explica que la realidad se presenta ante el hombre no sólo como objeto de saber («A es A»), sino también como objeto de realización o de no realización, esto es, como bien o mal («debo hacer A» o bien «no debo hacer A»). En el nivel reflexivo no queda otro remedio que dar a esa luz una expresión judicativa (bonum faciendum, malum vitandum), lo cual es aceptable, con tal de que no se pierda de vista que su realidad y función verdaderas no son las de un juicio ni las de una premisa. Considerarlo un juicio sería empobrecer la realidad del primer principio práctico, y suscitaría la tentación de querer deducirlo de premisas especulativas. El primer principio de la razón práctica es originario, no derivado.

En su ejercicio directo, la razón práctica posee naturalmente, junto al primer principio, otros principios prácticos fundamentales. Éstos son criterios generales de regulación racional de los bienes humanos, es decir, de los bienes que manejamos, usamos, realizamos o poseemos mediante nuestras acciones. A estos criterios generales de regulación racional la filosofía clásica los llamó virtudes morales, las cuales no son sólo hábitos que fijan los apetitos en ciertos fines (justicia, templanza, etc.), sino también los fines mismos (justicia, templanza, etc.) que determinan lo que en la actuación del apetito es bueno o malo. Dicho en otros términos: las virtudes morales, además de una dimensión afectiva y disposicional, tienen también e inseparablemente una dimensión intelectual. Las virtudes son los principios fundamentales de la racionalidad moral, conocidos por la inteligencia práctica y a la vez impresos en las tendencias. Si pasamos, en cambio, al nivel reflexivo, la regulación racional de los bienes se expresa y se enseña mediante preceptos o normas, y su urgencia y valor incondicionado se experimenta y se comunica bajo la forma de deber. Pero tanto las normas como el deber son realidades derivadas, propias del saber moral que se constituye mediante la reflexión sobre la actividad directa de la razón práctica. Son conceptos absolutamente necesarios para la ética filosófica, pero no son realidades morales primarias ni directas. Tanto las normas cuanto el deber están en función de la vida según la virtud, y no viceversa.

Si se invierte la relación entre el plano del ejercicio directo de la razón práctica y el de la reflexión sobre él, surgen muchos inconvenientes, tanto para la comprensión de la vida moral por parte del hombre común cuanto para su comprensión filosófica. Baste un ejemplo. De la mencionada inversión se sigue la primacía práctica de la constricción (de la obligación) sobre la atracción (la finalidad, la virtud), primacía que desarrollada en todas sus consecuencias se hace ininteligible e inaceptable. En la vida moral el “No” tiene su fundamento y se ordena a un “Sí”. El “No” es muchas veces necesario, pero no puede ser una realidad primera, sino derivada. Lo primario es guiar la tendencia hacia su verdadero objeto, y sólo en función de ello hay que apartarla de lo que aparece como su objeto sin serlo realmente. Es claro que todo esto tiene amplias repercusiones en las actitudes morales del hombre común.

5.2. La antropología moral

Es la teoría del sujeto moral. El hombre en cuanto sujeto moral puede ser visto como un haz de pulsiones y sentimientos, respecto a los cuales la inteligencia práctica tendría un papel meramente instrumental: encontrar el modo más práctico y eficaz de satisfacerlos, sin poder pronunciar sobre ellos juicios de valor (es la visión de D. Hume, por ejemplo). En el extremo opuesto está la visión kantiana del sujeto moral como un sujeto racional autónomo puro, que debe tomar decisiones por motivos que no admitan contaminación alguna con el mundo empírico de los intereses y de los sentimientos.

Una visión más equilibrada de la libertad entenderá que el comportamiento humano, la acción libre, posee una articulación bastante compleja, que se desarrolla a lo largo de dos ejes. Según el eje horizontal, el comportamiento libre se ve como un proceso de comunicación entre el sujeto y los demás hombres, el mundo y Dios, que mira en último término a la consecución de la plenitud del sujeto. Según el eje vertical, la acción libre representa el momento culminante y el principio de integración de un conjunto de procesos, contenidos y estados de la psique que, a causa de los fenómenos de interconexión y de retroalimentación que se verifican, tienen carácter circular. Recorriendo desde abajo hacia arriba el eje vertical es posible distinguir 5 elementos fundamentales.

1) Las inclinaciones o tendencias, que responden a las necesidades básicas del sujeto y que constituyen el dinamismo de fondo de la psique. Su temática es muy amplia: conservación, tendencia a la actividad y al placer, impulso sexual, necesidad de estimación, sociabilidad, amar y ser amado, amistad, deseo de saber, creatividad y trabajo, búsqueda de sentido y de la trascendencia, etc. Las tendencias proyectan sobre el ambiente una búsqueda y una interrogación, que orienta la percepción y condiciona la visión del mundo, en cuanto que el mundo de cada uno depende en buena parte de sus propios intereses. Trazar un mapa completamente satisfactorio de las tendencias humanas es tarea sumamente difícil. Pero para la ética es muy importante disponer de un instrumento analítico de las tendencias que no sea reductivo (es decir, que no excluya o malinterprete dimensiones esenciales del ser humano) y que sea suficientemente preciso y completo.

2) La percepción de los bienes que satisfacen las tendencias o de la ausencia de dichos bienes.

3) Las reacciones afectivas (sentimientos, emociones, pasiones) que siguen a la percepción. Se reacciona positiva o negativamente según la satisfacción o las resistencias que las tendencias encuentren en el entorno, y surge así el complejo mundo de los sentimientos y de las pasiones, que tiene una gran importancia en la percepción del bien y en la génesis del comportamiento. Cada tendencia, satisfecha o frustrada, genera un tipo de reacción afectiva, que en su mero darse es un fenómeno anterior a la voluntariedad y a lo moral propiamente dicho, lo cual no significa que su valor sea neutro, ya que de suyo tiende a sugerir o a impulsar hacia un tipo de comportamiento, que puede ser positivo o negativo.

4) Las acciones libres, gobernadas por la inteligencia y el querer, resultado muchas veces del modo en que la persona elabora las motivaciones que proceden del estrato inferior del que se acaba de hablar. En la acción libre el sujeto moral interpreta, valora y toma posición ante los fenómenos afectivos. Sucede por ello que en la vida moral temas y necesidades procedentes del mundo de la no-libertad (las tendencias y las reacciones afectivas, que por lo general no proceden directamente de la libre elección) son elevadas al mundo de la libertad, y en ese proceso de elevación son elaboradas (aceptadas, negadas, modificadas) por cada persona.

5) Los hábitos morales. Mediante el ejercicio de su libertad, el sujeto forma en sí hábitos buenos o malos (virtudes y vicios), con los que logra modificar para el bien o para el mal sus inclinaciones y tendencias, y con ellos su capacidad de juzgar, de decidir y de obrar. En la práctica, las inclinaciones y tendencias, principio de las reacciones afectivas, no se encuentran en cada persona en un estado puramente natural, sino modificadas por los hábitos en que ha ido cristalizando su comportamiento libre. Y así se cierra el círculo, porque los hábitos, que están en lo más alto del eje vertical que aquí se está describiendo, operan sobre el nivel más bajo de las inclinaciones y tendencias.

5.3. Los principios normativos

Es la teoría de los criterios éticos para la dirección y valoración del comportamiento. Cuando esta temática se afronta desde el concepto de norma, es difícil evitar varias aporías y dificultades, así como el interminable debate acerca de la fundamentación deontológica o teleológica de las normas. Un enfoque más ajustado al real funcionamiento de la razón práctica debería partir de las virtudes éticas en cuanto principios prácticos que, en sus términos más generales, la inteligencia posee por naturaleza (ley moral natural).

Las normas morales, entendidas como proposiciones prácticas lógicamente universales que tienen como sujeto una acción o la descripción de una acción y como predicado expresiones como moralmente bueno o moralmente malo, tienen un sentido fundamentalmente pedagógico y social, de educación en la virtud y de comunicación del saber moral, y en ese sentido son indispensables. Pero no es acertado considerar las normas como una realidad primaria y centrar todo el problema moral en su justificación mediante diversos procedimientos. La justificación de las normas son las virtudes: está justificada la norma que expresa fielmente las exigencias positivas o negativas de una virtud y que educa eficazmente en las virtudes, ya que el fin de todas las normas es ayudar a los hombres a practicar y adquirir las virtudes.

Las normas se consideran respetadas cuando la acción se conforma a ellas, pero no acaba aquí la exigencia y la educación moral. La educación llega hasta el corazón de la persona, hasta sus intenciones más profundas, manifestándose, antes que en la acción, en el modo de sentir y de juzgar, en el de apreciar las circunstancias, en la rectitud ética de los motivos y de los procesos interiores según los cuales se toman las decisiones. La virtud llega así más lejos que la norma, porque no es posible acuñar normas para todo, sino sólo para lo más importante. Pero también en los casos más excepcionales, en las situaciones-límite, para las que quizá no se encuentra una norma que resulte del todo adecuada, la instancia ético-normativa está presente mediante la virtud arraigada en el interior de la persona. La formación moral plenamente lograda es la del hombre virtuoso el cual no sólo conoce y aplica rectamente las normas éticas a las acciones por ellas reguladas, sino que, por poseer el hábito de la buena elección, es capaz de encontrar y realizar la solución moralmente acertada para las numerosísimas situaciones y problemas que no están contemplados por las normas éticas universales.

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Rodríguez Luño, Ángel, Ética, en Fernández Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2009/voces/etica/Etica.html

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© 2009 Ángel Rodríguez Luño y Philosophica: Enciclopedia filosófica on line

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